Crónica de mis hermanos (I)

Mi hermana…

amalia

A Amalia le queda el nombre muy justo. Nació de camino al hospital rodeada por sus propias heces fecales. Desde entonces no fue más que una tormenta doméstica…

Con solo 8 meses, las extremidades le permitieron cumplir los antojos de su picardía. Más de una vez mamá la sorprendió desafiando las barreras de la cuna. Más de una vez mamá, casi de forma inexplicable, la halló sobre el suelo mientras la niña vocalizaba mensajes indescifrables y reía a carcajadas.

Los productos cosméticos resultaron aliados de sus travesuras. Los desodorantes comenzaron a consumirse mucho antes de lo previsto. Por suerte papá le descubrió, a tiempo, la lengua muy blanca y olorosa. También varios perfumes aromatizaron el inodoro, la cama o el piso del cuarto.

Cuando éramos niñas alborotábamos la casa con nuestras constantes riñas, mordidas y alones de pelo. Luego hacíamos una tregua. Así, nos volvíamos cómplices y diseñábamos un plan secreto para ganarnos el helado o los chocolates que cada noche traía papá.

Durante las trifulcas, muy pocas veces me alcanzó el valor para castigarla con la misma fuerza de sus arremetidas. Siempre yo terminaba sollozando o sobre el regazo de mi mamá, a quien le entristecía sobremanera cada pelea por un juguete, una ropa o cualquier otro motivo desencadenante.

Después de tantos años, cuando sé que mi nariz no sufrió grandes malformaciones, es que le perdono aquella gran maldad. Mi mamá nos cargaba a los dos, pero a Amalia no le convino compartir los brazos de mamá y me tiró de cabeza al suelo.

Aún cuestiono de dónde sacó las fuerzas. Terminé en el hospital con una contusión en el tabique y dos dientes (por suerte de leche) partidos. No obstante, lo anterior era solo una broma. Aunque mi nariz hubiese quedado volteada, sin dudas, ignoraría la marca física para ponderar mucho más la marca de sangre que siempre compartiremos, las confabulaciones y los prolongados baños con manguera.

 Una vez descubrí un plan maestro para garantizar mi supervivencia. Solo debía continuarle el juego a su permanente espíritu de contradicción. Si yo prefería la cama azul, le decía a papá que me encantaba la blanca. Así ella contestaba: “No, la blanca es la mía”, y yo disimulaba la risa de triunfo sin que Amalia sospechara la manipulación.

Ahora, cuando vivimos a más de 30 kilómetros de distancia, nuestras discusiones-aunque pocas-llevan otro tema como eje central: la urgencia de comprarle las pastillas a papá para la hipertensión, la necesidad de visitar más a mamá y de preocuparnos por la salud de los abuelos.

Ella continúa sacando ventaja, porque, además de ser transparente, emite sus criterios cual ráfaga. No importa a quien ni quiénes. Amalia no soporta guardarse los juicios. Y a tono con esa peculiaridad, yo aprovecho para revelarle mis maldades infantiles, esas que jamás notó a pesar de la viveza estampada en sus ojos.

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Acerca de quinqueniodeluz

Joven periodista cubana, enamorada de una bahía que lleva por nombre Matanzas.
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Una respuesta a Crónica de mis hermanos (I)

  1. Luis Felipe Domínguez Vega dijo:

    Nadie es capaz de describirla tal cual lo haces como hermana, no siendo solo las palabras las que expones, sino (estando seguro) de todos los momentos que reviviste en tu cabeza para escribir tan bella “historia”, pues de de este lado te comento que la veo tal cual describes, pero lo que más me gusta es la decisiones, los pasos sin mirar atrás y la convicción que tiene, además de que LA AMO MUCHO 😀 <3.

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