El ajiaco que siempre seremos

ajiaco

La historia de Cuba es la del  aborigen pacífico, la del español que zarpó de su puerto en busca de su sueño dorado, la del negro arrancado de sus tierras, la del chino y el francés, la del criollo enamorado de su Isla. Es la historia de encuentros, choques, arraigos y desarraigos, llegadas y partidas.

Como afirmara Fernando Ortiz, nuestro tercer descubridor, la verdadera historia de Cuba es la historia de intrincadísimas transculturaciones. Esa imbricación y formación cultural marchó a la velocidad de vientos huracanados. Lo que en Europa transcurrió en milenios en Cuba sucedió en pocos siglos. Todo comenzó por la edad de piedra, cuando el indio paleolítico (ciboneyes y guanajabibes) se transformó hasta llegar a la cultura del indio neolítico (taínos).

Los taínos fundamentalmente fueron quienes vieron naves enormes llegar a las costas de la Isla, quienes se asombraron al ver armaduras metálicas, monedas, ropas coloridas. Fueron también quienes sufrieron, bajo su propio sol, una dolorosa dominación. Porque Cuba representó palacio natural para los españoles, donde presidiarios, mercaderes e hijos segundones tenían la oportunidad de proclamarse reyes.

Sin embargo, el “descubrimiento de Cuba” por Cristóbal Colón devino choque de dos mundos. Constituyó el encuentro de dos culturas, lo cual conllevó al exterminio de una: la indígena.

El siglo XVI constituyó año de nuevas invasiones tanto de explotadores como de explotados. Por los dominadores llegaron andaluces, gallegos, vascos, catalanes, genoveses, florentinos con sus ansias de hacer fortuna para impulsar quizás empresas capitalistas en Europa. Por los dominados fueron desarraigados y traídos a la fuerza los negros, los cuales provenían de diferentes comarcas africanas: Senegal, Guinea, Congo y Angola. Mas, ellos solo trajeron sus creencias, deidades y dialectos.

 Por ello y por los procesos que involucró la transculturación en Cuba, Fernando Ortiz en su artículo Los factores humanos de la cubanidad utiliza la original metáfora: “Cuba es un ajiaco”.

 Y mientras descompone la metáfora, nos ilustra la cultura y la historia de la Isla: “(…) Esa es Cuba, la Isla, la olla puesta al fuego de los trópicos…Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias…Y en todo momento el pueblo nuestro ha tenido, como el ajiaco, elementos nuevos y crudos acabados de entrar en la cazuela para cocerse.; un conglomerado heterogéneo de diversas razas y culturas, de muchas carnes y cultivos que se agitan, entremezclan y disgregan  en un mismo bullir social…”

 El también etnólogo dilucida que la cubanidad no solo está presente en el producto final, sino también en el mismo proceso de cocción, de formación de esa sustancia nueva. Pero, ¿qué es la cubanidad? La cubanidad va más allá del hecho de nacer en Cuba o de poseer su ciudadanía. Este término va más allá de las razas, de los estados civiles, de oficialismos.  Implica sentimientos, conciencia de ser cubano y  ansias de quererlo ser. Es, además, la condición de pertenencia a la cultura cubana.

Plena cubanidad significa amar el intenso mar azul que rodea el firmamento, sentir escalofríos al ver ondear la bandera de la estrella solitaria, considerar  la isla como la madre patria que te albergó en sus entrañas. Cubanidad representa aprender del pasado, enamorarnos de esas montañas protagonistas de leyendas indias. Cubanidad no es más que deleitarnos con el sabor de este ajiaco que siempre seremos.

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Acerca de quinqueniodeluz

Joven periodista cubana, enamorada de una bahía que lleva por nombre Matanzas.
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