Mirar el mundo con los ojos de un niño

bebeMirar al mundo con los ojos de infante quizá sea uno de los mayores anhelos de quienes transitan por la adultez. No pocas veces imaginamos que accedemos a una máquina del tiempo y regresamos a aquella etapa en la que cocinábamos con hojas de árboles, cual si fueran bistecs, o en la que ganar el campeonato de pelota del barrio era la mayor preocupación de nuestros hermanos o primos.

Sobre esa hermosa y efímera etapa guardo recuerdos de mi concepción quizás estrecha, pero fantástica de la realidad.  Recuerdo que me encantaba visitar la casa de mis abuelos en el municipio de Colón. Pero en mi mente, Colón se reducía a aquella vetusta casa de fachada color rosa, con una estructura corrediza, una sala con muebles de diferentes colores y ventanas de dos hojas. “¿Cuándo llegamos a Colón, mamá?”, preguntaba a solo unas cuadras del barrio donde residían mis abuelos. “Pero ya estamos en Colón”, respondía mamá una y otra vez. “No, esto no es Colón”, le rectificaba con la sensación de tener una razón absoluta.

Por varios años de mi infancia también supuse que el periodo de estudios solo tomaría tres años de mi vida. Imaginaba que el primer año era aquel en el que llevaría pañoleta azul, el segundo sería el de pañoleta roja y el tercero, el de uniforme amarillo. “Cuando finalice la secundaria ya soy independiente”, decía una voz de consuelo dentro de mí, sobre todo aquellos días en los que mamá me prohibía ir a casa de alguna amiguita. Jamás imaginé que años después cambiaría tantas fiestas por jornadas de estudio y que sería mi mamá quien me exhortaría a salir de las cuatro paredes del cuarto.

En cuanto a la representación de los objetos, la remembranza más nítida es respecto a la televisión, la que para mí era como una caja mágica de muchos colores. Más lo fue cuando papá llegó aquel día de 1998 con el televisor nuevo. Me parecía que los locutores del noticiero nacional podían ver lo que yo hacía y hasta regañarme si me comportaba mal.

Sobre la cuestión de los bebés nunca creí que eran traídos por una cigüeña, pero sí imaginé por varios años que los embarazos ocurrían cuando las mujeres comían mucho, mucho…Ahora me molesto cuando me ceden aquellos asientos de los ómnibus destinados para embarazadas. Luego sonrío y digo: “Quizás ellos piensan como niños”.

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Acerca de quinqueniodeluz

Joven periodista cubana, enamorada de una bahía que lleva por nombre Matanzas.
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